Un legado para todos. Es bastante común la idea de que en la vida solo hay dos caminos: el correcto y el acertado. Cuando la actitud ante la vida es positiva, cuando se avanza en la vida con optimismo, el camino siempre es el correcto, también es acertado y, además, se percibe la vida como una agradable aventura compartida con muchísima gente. Pensemos en el clan familiar, en los vecinos del barrio y de la vivienda habitual, en las amistades nuevas y las de antaño, en los compañeros de estudio, trabajo y aficiones, incluso en los tenderos, los kiosqueros, los funcionarios, los operarios, los administrativos, los sanitarios… cuyos oficios y tareas profesionales se cruzan a diario en la vida de cada cual.

Las sensaciones que generan las relaciones con estos grupos humanos resultan de gran interés, sobre todo cuando alguien se afana en realizar una visión retrospectiva de su trayectoria vital. Este planteamiento es esencia y materia de la autobiografía, que también resulta fundamental para enlazar los acontecimientos individuales y colectivos de una saga familiar.

De algún modo, cada generación mantiene unos rasgos identitarios que marcan su forma de ser y estar en el mundo. Seguramente esos rasgos quieran perdurar en el tiempo. Nos preguntamos, ¿cómo hacer una autobiografía para conseguirlo?.

Y cuando se sigue el rastro de toda una generación a través de su árbol genealógico se aprecia mucho más la singularidad que representa. Por eso, la elaboración de una autobiografía encuentra una fuente inmensa de memoria colectiva en las aportaciones de cada generación familiar. Sin duda, esto facilita que la tarea de escribir la autobiografía se convierta en una actividad envolvente, a cada momento más interesante y fascinante, y concede a cada capítulo, a cada párrafo, incluso a cada frase, la capacidad infinita de evocar una historia compartida.

Si cada vida es única e irrepetible, la autobiografía tiene la cualidad de conservar esa singularidad y exclusividad, al tiempo que introduce de forma sencilla, con naturalidad, lo señero y particular de otras vidas, la de aquellas personas que forman parte de la misma saga familiar, de la misma generación, del mismo barrio, de la misma promoción estudiantil… la vida de quienes día a día intervienen en lo habitual y lo cotidiano, en lo extraordinario y lo significativo, en lo angustioso y en lo doloroso, en lo formal y en lo divertido, en lo que ya se ha acabado y en lo que llegará por previsión, fortuna o fatalidad del destino.

En este entramado de vidas, es curiosa la importancia que la autobiografía personal da a aquellas que comparten una misma y directa línea familiar, resultando entonces que ese relato biográfico ofrece a partes iguales la satisfacción para la persona autobiografiada, la honra de la memoria familiar de los antepasados y el preciado legado para las generaciones que le sucederán.

La autobiografía (ya sea propia o como un regalo de bodas especial, o un regalo de jubilación especial) sobrepasa de ese modo el tiempo y el espacio, porque revive épocas pasadas, ambientando su historia en las costumbres y los lugares que ya solo residen en los recuerdos de la memoria y también hace presente toda una vida, acogiendo en sus páginas el orgullo de pertenencia a una estirpe familiar convertido en digna herencia, en legado entre generaciones.

 

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